27/01/09. MADRID. Los Estados Unidos «no deberán ser firmantes» de ningún
protocolo que no incluya «mandatos especÃficos de reducción de emisiones para
los paÃses en desarrollo» o que «pudiera resultar en serio perjuicio para la
economÃa de EE.UU.». La resolución, unánime y tajante, adoptada por 95 senadores
y ningún voto en contra en 1997 segó la hierba bajo los pies de la
Administración Clinton, que lideraba desde 1992 los trabajos para adoptar un
protocolo a la Convención de la ONU sobre Cambio Climático para establecer
objetivos vinculantes de reducción de emisiones de C02 .
Al Gore, vicepresidente de Clinton y adalid de la causa
medioambiental, facilitó, negoció e incluso firmó el Protocolo de Kioto, un
gesto polÃtico realizado a sabiendas de que el Senado -único autorizado para
ratificar la firma de tratados internacionales- nunca aceptarÃa su entrada en
vigor en EE.UU.
El testarudo «no» de Estados Unidos a uno de los tratados más
queridos por la comunidad internacional responde a razones ligadas al ADN más
Ãntimo de la vida polÃtica del paÃs más que a un capricho «neocon» de Bush.
Defender al paÃs frente a la amenaza extranjera es uno de los principales
mandatos constitucionales que recibió la Unión de unas colonias que acababa de
sacudirse el «yugo colonial» británico. La alergia frente a los organismos
internacionales en general, y la «burocracia» de las Naciones Unidas en
particular, quedó desde entonces insertada en el corazón del movimiento
conservador en EE.UU., ilustrado por el turbulento paso de John Bolton como
embajador de Bush ante la ONU en 2005-2006.
Junto a razones de tipo ideológico, la defensa de la economÃa
estadounidense -un objetivo generosamente financiado en el Capitolio por los
fabricantes de coches, hidrocarburos, textiles, algodón etc.- ha servido durante
una década para mantener inamovible el «no» a Kioto en el Senado. La no
inclusión de rivales como China e India de un texto que solo obliga a las
naciones industrializadas es el principal «defecto» achacado a Kioto, y a lo que
se referÃa Bush en junio de 2001 cuando confirmó que no pensaba adherirse.
Desde entonces, un variopinto movimiento «pro kioto» formado por un
centenar de ciudades, 17 estados con California a la cabeza y un sector de las
iglesias evangélicas han logrado cambiar las tornas en la Cámara Alta. Obama
afronta el dossier del cambio climático con una opinión pública más
sensibilizada y un Senado más favorable, lo que puede ayudar a encontrar una
fórmula para que EE.UU. se sume al llamado «Kioto 2», el acuerdo actualmente en
negociación que deberá tomar el relevo en 2012.
Fuente: ABC.es
Fuente: ABC.es
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